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Miradas que ofenden

17 de julio, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Luis Sigfrido Gómez Campos

Dicen que los soldados nazis no solían ver a sus víctimas a los ojos cuando los tenían cautivos, que la mirada de terror que se reflejaba en su mirada aterrorizaba a sus victimarios. Es posible. Muchos son los testimonios de personas que están siendo torturadas y sus agresores los obligan a volver su mirada hacia otro sitio, no por el temor a ser reconocidos posteriormente, sino que sienten culpa a través de la mirada inquisitiva de sus víctimas.

Muchos padres, cuando intentan descubrir la verdad en las explicaciones de sus hijos les piden que los miren a los ojos y que les repitan si lo que les están diciendo es la verdad. Funciona en la mayoría de los casos, pocos niños son capaces de sostener la mirada inquisidora de una madre cuando ésta ha sido toda bondad y entrega hacia su ser más preciado. Pero cuando se ha roto ese lazo de admiración y respeto, en ese pequeño lapso en el que los padres han abusado de su autoridad y se han convertido en dictadores, los infantes son capaces de sostener su mirada y mentir con el mayor cinismo. Es el preciso momento en que los padres deben prender las alarmas para modificar actitudes y para contribuir a formar hijos sanos y que aprecien en su justa dimensión el sentido de la verdad.

En muchas ocasiones no hacen falta las palabras para censurar, para prohibir, para ordenar que lo que se está haciendo es indebido y que se debe dejar de hacer. Cuando tu niño pequeño está ejecutando algo prohibido a poca distancia de ti y de pronto tu instinto te dice que algo anda mal porque tiene mucho rato muy calladito, vuelves la cara bruscamente hacia donde se encuentra y lanzas una mirada de reprobación, él, con esa simple mirada cargada de censura, comprenderá que no puede seguir con esa acción sin que reciba una fuerte reprimenda según el estilo de cada padre para estos casos. Una simple mirada basta, no hacen falta las palabras.

Mucho se habla de la mirada de quien padece alguna perturbación mental, dicen que su mirada divaga, que no se fija en puntos precisos, que se extravía en lugares ignotos de su mente obtusa. Al respecto yo sólo tengo dos referencias que no coinciden con esas afirmaciones. Un enajenado que miraba siempre de manera obsesiva una botella de refresco. Era una mirada fija hacia ese objeto que parecía producirle una rara fascinación. Lo miraba, le daba vueltas, se extasiaba por horas en esa rara contemplación, parecía que su capacidad de asombro por las maravillas que ha producido el hombre, simbolizado en esa botella, nunca hubiera terminado. Y el otro caso que recuerdo es el de una anciana que padecía Alzheimer en un grado muy avanzado, pese a su complicado estado, jamás perdió su mirada dulce.

Hay quien no ha visto nunca los ojos de un mendigo porque le parece indigno rebajar su dignidad a tales latitudes; pero en la mayoría de los casos, si miramos sus ojos observaremos una mirada tierna suplicante y sumisa, que espera la conmiseración del transeúnte. Es raro, pero se da,el tipo de mendigo con mirada retadora que siente que la gente está obligada a socorrerle, y que en caso de no hacerlo en la medida esperada, te lanzan una mirada de odio. Es el caso de lo que la gente llama “limosnero y con garrote”.

Dicen que la devoción por el ser amado los hace vivir una dimensión mental muy especial que hace que vivan obnubilados, ciegos a lo que ocurre a su rededor, ausentes de toda realidad menos del centro de sus anhelos y, por lo tanto, la mirada se les vuelve durante ese lapso de enamoramiento, a medio menguante, es lo que se conoce como “mirada de borrego a medio morir”, Eso, según creo, es totalmente falso, los enamorados pueden estar ausentes con su pensamiento, pero sus ojos irradian luminosidad, alegría; tienen una chispa luminosa que les da el amor.

Todo lo que puede sentir el ser humano puede ser transmitido a través de una simple mirada. Cuando conocemos a una persona, el nivel de la empatía o antipatía puede consistir en un simple intercambio de miradas, no se requieres muchas veces de establecer una larga conversación para saber reconocer que alguien puede ser nuestro aliado para toda la vida.

Helen Fisher, decía que “la mirada es posiblemente la más asombrosa técnica humana del cortejo: el lenguaje de los ojos”. Y todos sabemos que eso es muy cierto porque toda relación amorosa comenzó con una mirada.

Pero también hay miradas libidinosas, como esa que Donald Trump dirigió a la primera dama francesa Brigitte Macron mientras le decía: “Estas en tan buena forma… preciosa”, y luego, dirigiéndose al presidente francés, añadió: “Está en muy buena forma. Preciosa.” Esto, desde su contexto, quizá pretendió ser un elogio, pero conociendo los antecedentes sexistas del presidente norteamericano, debe tomarse como un insulto e incluso provocar un extrañamiento diplomático para que modere su conducta cuando se dirija a las parejas de los líderes de los diferentes países del mundo. Hay miradas que ofenden y la de Donald Trump, es una de ellas.

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