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Reconocer el crimen, enfrentarlo

29 de mayo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Mateo Calvillo Paz

El mal está activo entre nosotros, hay políticos que pretenden que todo lo que hacen está bien, cuando cometen el crimen lo niegan y mienten.

En teoría, todo mundo acepta la existencia del bien, la honestidad, por un lado y el mal  y la perversión, por el otro.

La presencia del mal y del Maligno es de todo el tiempo, desde los orígenes. El mal, la corrupción, el crimen, la impunidad invade el cuerpo social como epidemia de viruela y aparece aquí y allá. El mundo es el campo de la lucha entre el bien y el mal que tiene manifestaciones en el imaginario colectivo.

Está presente bajo la piel del país en todas partes, en algunos puntos aparecen las manifestaciones. Estas ponen al desnudo las acciones perversas de individuos, partidos, instituciones. Es el caso de los huachicoleros y su entramado de corrupción: autoridades municipales, estatales, federales. Detrás de cada crimen hay una red compleja de corrupción que alcanza  a la sociedad.

Los políticos pretenden aparecer ante el pueblo como individuos perfectos, gentes que jamás se desvían del bien y cometen el mal, “no rompen ni un plato….”

Cuando cometen el mal, ellos o su partido, automáticamente lo niegan, echan la culpa al otro, se deslindan del acto perverso. Para ellos, lo malo no es que cometan el mal sino que los señalen y salgan en  las noticias.

El hombre fue hecho por el Creador quien le grabó sus leyes en su corazón. Viven guiados por código de ética. Hay leyes que él no puede cambiar. Hay que reconocer la naturaleza del ser humana y sus leyes. Son como el instructivo que tiene todo aparato, invento de los hombres.

Debe reconocerse su dimensión moral y los valores y los principios universales.

El primer principio del hombre en sano juicio es: Malum est vitandum, bonum est faciendum, hay que evitar el mal y hacer el bien.

Los actores públicos aceptan la vigencia de este principio. En teoría ellos nunca negarían este principio, pero en la actuación sí muestran graves deficiencias o incoherencias.

Por la crisis que es, primero que todo corrupción de los valores morales ellos han perdido piso, toman actitudes  de caciques despóticas, totalitarias. Se creen demonios con poderes supremos, perfectos y no reconocen sus crímenes, tranzas, fallas, vicios.

Están más que locos, pretenden definir el bien y el mal, con un lenguaje sofista, amañado pretenden tener siempre razón.  Son actitudes maniqueas, pretenden que ellos todo lo hacen bien y los adversarios todo lo hacen mal. Hay que desconfiar de su tono adulador, amañado, impositivo, de su lógica manipuladora.

Están prestos a reconocer el mal que hacen sus adversarios, tienen. En relación a sus propias acciones y las de sus colegas, se les obscurece el sentido moral y no lo reconocen. Como los chiquillos niegan sus maldades ante las evidencias, encuentran disculpas, le echan la culpa a los demás.

Detrás hay un orgullo compacto, enorme, impenetrable. Cuando los políticos sean humildes, se reconocerán hombres como los demás, con limitaciones, fallas y pecados.

La clase política no pertenece a una raza aparte, son tan pecadores como los ciudadanos comunes y como los criminales muchas veces. El individuo político es pecador como el resto de los mortales, no tiene fuero que impida que lo alcance el mal.

El pecado radical y el mal más grave que cargan las clases dirigentes es el orgullo. Así los reveló la sabiduría eterna e infinita del Creador: “el principio de todo pecado es el orgullo” (Sirácide 3, 15).

Hay que reconocer con humildad la parte de crimen que hay en nuestro corazón.  Esta actitud no hace sabios.

Es el principio para cambiar y crecer en excelencia personal, una tarea que no se acaba nunca. Con hombres humildes se renueva la clase política.

¿Han visto ustedes un político que sea humilde? Sí, Gandhi.

Conscientes de nuestra fragilidad moral hemos de estar vigilantes para no dejarnos ganar por los  corruptos, por el negocio del crimen.

Aunque todos se pasen al lado del crimen hay que permanecer honestos y limpios. Es lo que profetizó Ionesco en El Rinoceronte. Cuando todos los habitantes de París se habían convertido en rinocerontes, él fue firme y permaneció hombre. Nosotros debemos permanecer honestos, libres y puros aunque todos los demás se pasen al crimen.

Hay que permanecer firmes en las convicciones e incorruptibles en los hechos. Hay muchos ciudadanos libres y honestos que no pueden dejarse corromper, que se quedan fuera de las redes complejas del crimen.

 

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