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Chicles y urbanidad

25 de mayo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Martha REVUELTA MORALES S.

 

Tirar en la calle chicles, papeles, botellas, empaques, colillas de cigarro; estacionar un vehículo sobre la acera, ocupando dos plazas o en doble fila, por tres, veinte o sesenta minutos; no poner en silencio el teléfono en restaurantes, autobuses, cines, teatros, museos; mezclar en la basura residuos susceptibles de reciclaje; no limpiar las defecaciones y orines del perro cuando se le pasea; hacer ruido a deshoras; “colarse” en filas;pintar o destrozar mobiliarios de zonas comunes; excretar en la calle;regar plantas del balcón a horas en que puede mojarse a transeúntes.

Posiblemente hemos sido testigos, e incluso, protagonistas, de este tipo de actos, aparentemente insignificantes, pero que muestran una falta de respeto a los demás, y en ciertos casos, generan riesgos para la vida, salud, propiedad y convivencia social, también elevados costos que se pagan con nuestros impuestos,pudiendo destinarse a otro tipo de obras más trascendentes.

Siquitar cada chicle pegado al piso cuesta cuatro veces más que su precio, pensemos en la inversión que conlleva desatascar redes de alcantarillado por basura tirada en la calle, verter aceite en el fregadero de la cocina o deshacerse de toallitas húmedas de bebé, condones o bastoncillos de algodón al jalar la palanca de la taza del baño: un gasto alrededor de ocho veces superior al convencional, debido al aumento de limpieza y operaciones de mantenimiento que exigen.

Nada desaparece por arte de magia, ya lo dijo Lavoisier: “la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

De ahíesaslamentables inundaciones que se sufren, también los severos daños a la ecología, incluida la vida acuática. No es raro que nuestros desechos vayan a ríos y mares, porque además de contaminarles directamente, se suelen soltar en ellos parte de las aguas residuales,cuando ciertos fenómenos meteorológicos lo exigen.

Los ayuntamientos de cada lugar prevén castigos para este tipo de conductas, y poco a poco va aumentando el número de procedimientos donde se imponen multas al ciudadano que vulnera la convivencia social, pero¿son las sanciones la única solución para nuestra incivilidad, egoísmo o falta de urbanidad?

Antes de contestar la pregunta, no voy a poner de ejemplo otras ciudades del mundo, donde el contrato cívico es fruto de una verdadera implicación ciudadana y responsabilidad de sus autoridades, sí subrayar que el Ayuntamiento de Morelia, según estadísticas que publica en su página electrónica, en el último mes dedicó su principal atención y esfuerzoa atender múltiples quejas sobre servicios de alumbrado público,  bacheo asfáltico y de concreto; servicios mínimos que deberían estar cubiertos, si cada instancia hiciera lo que le obliga la ley.

Lo mismo cada periodo: fallas de iluminación en ciertas calles o colonias, lámparas fundidas, otras que prenden y apagan, hasta ahí o poco más llegan los reclamos de los morelianos a un gobierno independiente, que pensamos sería diferente.Algunas cifras mínimas sin resolver en infraestructura, imagen urbana, inspección, residuos, orden urbano y medio ambiente.

Concienciación y educación, es el binomio que señalan expertos son el camino a seguir para todas esas conductas que suceden cuando salimos de donde primordialmente se deben inculcar: la casa.

En México, en palabras de Pablo Latapí Sarre (pionero de la investigación educativa), a partir de la revolución, la asignatura de “moral” perdió esencia, y se llamó “educación cívica y ética”. De 1960 a 1992, “comprensión y mejoramiento de la vida social”. En programas a partir de 1993, “civismo”. Actualmente puede que a esa materia se le conozca como “conocimiento del medio” o ya no aparezca en programas básicos de formación.

Últimamente tenemos muy arraigada la idea de que todos los derechos (libertades) nos asisten, pero disimulamos cuando se trata de cumplir las obligaciones que conlleva esa conquista.La participación de la ciudadanía en asuntos comunes no suele ser un proceso concluido.

El filósofo Javier Sádaba, durante varios años catedrático de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid, dijo recientemente en un programa radiofónico, que el civismo es comprender que el espacio que compartimos con otros es común, atendiendo al origen del término.

“Todos lo hacen”; “nadie me ve”; “para eso pago impuestos”, son pretextos recurrentes para evitar sentirse mal por hacer cosas que parecen banales, pero que se sufren otros, y a los que se destinan millones de recursos.

“Urbanidad” es el comportamiento en el trato social que muestra amabilidad y educación; “civismo”, cualidad de buen ciudadano (cortés y educado); definiciones del Diccionario de uso del español de María Moliner.

“Cultive buenas maneras para sus malos ejemplos, si no quiere que sus pares le señalen con el dedo”, canta Joan Manuel Serrat en esa peculiar canción cargada de ironía: “Lecciones de urbanidad”.

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