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La muerte de un hermano, lo peor de la corrupción

3 de julio, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Mateo Calvillo Paz

Hay tantos muertos que nos acostumbramos al peor de los flagelos, urge rescatar el valor fundamental, de la vida, derecho fundamental y  divino.

Se multiplican tanto las noticias de asesinatos que perdemos la sensibilidad y la capacidad de indignación ante esos crímenes abominables, inaceptables. Comunicadores como, Joaquín López Dóriga son frívolos, hasta irrespetuosos al comunicar estos hechos.

El hombre se embrutece y se degrada, se hace como un máquina de muerte o como una fiera, irracional, sanguinaria.

No es sólo cuestión de ideas, si bien es cierto que debemos tener bien claro el concepto de crimen, pecado del que ningún ser humano está exento.

Nuestra crisis primera no es del producto interno bruto, inversión. Es de corrupción, pésima educación, expresiones de un mal más grave y general, la pérdida de valores. Causa de la descomposición social es el desastre moral.

Por atender minorías que se desvían de lo natural, por seguir ideologías absurdas, por adular al hombre y ponerlo en lugar de Dios, hemos demolido los valores inmutables y trascendentes, han venido las fuertes lluvias y se los llevaron todos.

Debemos recuperar dos fuentes de todos los valores: Dios y la persona humana.

Detengámonos en la persona, pongámosla en el centro de la vida e interacción social. Hay que rescatar ese valor fundamental, cuando no está quedamos expuestos a la muerte, la injusticia, el despojo y a la violación de todos nuestros derechos.

Ante ideas de moda, ideologías de brillo fugaz hemos de volver a nuestra cosmovisión mexicana de hondas raíces religiosas y culturales.

Ahí  brilla en el centro como una piedra de esplendor único el hombre. Es la criatura que Dios creó por sí misma.

La grandeza del hombre queda de manifiesta en la creación de manos de Dios. Hay razones ontológicas, esenciales de la grandeza del hombre por encima de todos los valores creados, fue hecho a imagen y semejanza de Dios y está destinado a la beatitud.   Su deseo de plenitud, inmortalidad, gozo perfecto y definitivo se va a realizar en la vida definitiva, en el encuentro con Dios, es la beatitud. El hombre fue hecho para la bienaventuranza.

En el centro de las intervenciones de Dios está el hombre. Finalmente la creación se hace por él, lo mismo que la redención, esa gesta divina, de amor. La persona humana se apropia de la redención por la santificación por la que  el hombre en todas sus acciones realiza su condición de hijo de Dios.

Este destino se realiza definitivamente en la vida que se explaya más allá de las orillas de la muerte, porque el hombre es inmortal. Se pasa del mundo de la muerte, de las sombras, de lo provisorio al mundo de la realidad, de la verdad. Es la vida eterna de Cristo, el mundo de las ideas de Platón.

El asesinato es una violación de los derechos de Dios, es tronchar una vida divina e inmortal. Es una profanación de la vida. Tristemente, se ha perdido el sentido de lo sagrado, el asesino mata la imagen viva de Dios.

Por eso un cadáver nos estremece y nos pone frente al misterio, un mundo desconocido se abre, otras dimensiones de la existencia.

No podemos violar la prohibición y tocar lo sagrado impunemente. La interdicción de no matar viene de Dios desde los orígenes de la humanidad. Ante Dios y las leyes naturales de la humanidad la transgresión no queda impune.

El hombre necesita recuperar sus sentimientos en bases al amor, la palanca que mueve el universo (Pascal), que fue hecho el mandamiento central del mundo nuevo que inaugura Jesucristo, el Mesías, Redentor.

Hay que renovar la conciencia, que redescubra el mandato original: haz el bien, evita el mal.

El avance de la ciencia y la tecnología nos absorbe y nos desnaturaliza, no convierte en autómatas. El buscar sólo los placeres de los instintivos nos entrega a las leyes tiranas del cuerpo, a vivir según las exigencias ciegas y tiránicas de éste.

Hay que recuperar la dimensión espiritual del hombre. Las leyes físicas de la materia y exigencias de los instintos, las bajas pasiones nos llevan a una vida social de convenencieros y pragmáticos.

Hay que evitar la degradación del ser humano para queno asesine y se convierta en la peor, la más cruel de las bestias.

Las autoridades tienen tan alta y difícil tarea que les obliga. Pero finalmente esta tarea es de todo el cuerpo social, de todos y de cada uno de los ciudadanos.

¿Qué podemos hacer para devolver al hombre su dignidad y su grandeza y para ponerlo en el camino de la beatitud?

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