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La libertad de expresión y el espionaje (2ª de 2 partes)

2 de julio, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ RUIZ

Según estudios llevados a cabo por especialistas, todos estos problemas se derivan de las marcadas desigualdades socioeconómicas, consecuencia de una inequitativa distribución de la riqueza, la explotación desmesurada hacia las clases más desprotegidas, cuyas comunidades se ven cada día más relegadas en la marginación, sin los servicios más elementales. Hay dieciocho millones de mexicanos que no tienen ni para satisfacer sus necesidades de alimento. Por esto, se ataca al periodismo de investigación y denuncia. Es tiempo de que la sociedad forme conciencia de tantas injusticias sociales, se reclamen los derechos legítimos de los depauperados, en defensa de la verdad y el periodismo solidario con los pueblos que luchan por mejores condiciones de subsistencia que propicien un clima de libertad y valores democráticos. Lamentablemente, todo esto es retórica.

Supongo que yo seré el siguiente. Todo parece indicar que así será.

Mi calvario se inició hace ya algunos días. Cuando desperté, me encontraba en un cuarto oscuro, no había una sola rendija por donde se filtrara una ínfima porción de luz. Estaba bien amarrado de pies y manos en forma tal que la soga daba varias vueltas por mis tobillos para asegurar el nudo ciego y subir por en medio de mis piernas hasta llegar al cuello, donde tenía una lazada parecida a una horca, luego bajaba por la espalda hacia mis manos, fuertemente atadas. La posición de mi cuerpo era como si estuviera en cuclillas, nada más que acostado sobre un piso frío,  de cemento.  También estaba amordazado con un paliacate. El fuerte dolor que se extendía desde la nuca hasta la parte superior de la cabeza, me hizo recordar el momento en que un bribón  me había propinado un toletazo. Quedé inconsciente. Acababa de impartir mi clase en la Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Algunos alumnos, entre ellos varias jovencitas, me acompañaban, haciéndome preguntas sobre los temas tratados en el aula. De pronto, se me echaron encima cinco individuos como si yo  fuera un superhombre capaz de vencerlos. Los estudiantes trataron de defenderme, pero los gorilas no estaban dispuestos al diálogo. Llevaban una consigna. Me metieron a un vehículo grande, era una camioneta “Suburban” con los vidrios polarizados, uno me gritó al oído:

-Al suelo, desgraciado.

Enfilaron por avenida Universidad, giraron hacia Insurgentes, pensé que me iban a llevar al Campo Militar No. 1, frente a la desaparecida Plaza de El Toreo, levanté la cabeza para ver si era cierta mi suposición y fue entonces cuando recibí el golpe brutal con la macana que portaba para mi desgracia aquel animal muy bien trajeado. Deben pagarles muy buenos sueldos por tan loables acciones de golpear a personas pacíficas, inermes e inocentes.

¿Qué actos fuera de la ley he cometido? Que yo recuerde ninguno. ¿Tengo algún enemigo emboscado en el gobierno que ordenó mi detención? ¿Me enviarán otra vez al exilio como ocurrió  cuando me aprehendieron por haber participado en el movimiento del 68 y estuve en la cárcel durante cuatro años? ¿Qué quieren hacer de mí? Estas y otras cuestiones me daban vueltas, pero no encontraba ninguna explicación lógica de lo que me estaba ocurriendo. Y luego este pinche gobierno se atreve a hablar del respeto a los derechos humanos. ¿No me estará pasando aquello de que “crea fama y échate a dormir”? Con el cachiporrazo perdí toda noción  del tiempo. No sabía si era de día o de noche. Me sentía muy cansado, pero no esa fatiga  que produce el esfuerzo físico, sino psicológicamente, tal vez por el desconcierto ante lo inesperado. No sé si he dormido por momentos. De repente, la intensa luz de una lámpara de mano me hizo abrir los ojos y, completamente encandilado, no podía ver los rostros  de quienes me rodeaban, sólo las sombras. Inmediatamente, procedieron a vendarme los ojos. Noté que habían encendido una luz, me levantaron para sentarme en una silla metálica, supongo eso  por el ruido que hizo cuando la acercaron, además era lisa. Escuché que dijeron:

-No hay duda, se trata del mismo “cabroncito” que tanta lata no ha estado dando. Advertí que estaban comparando algunas fotografías con mi fisonomía.

-¿Ya le avisaste al jefe? -Sí, señor. -¿Y qué le vamos a dar de tragar a este chismoso de la prensa? -Lo mismo que a todos los que se portan mal.

-Bueno, desátale las manos para que trague el güey. No se nos vaya a morir como el otro pendejo que se puso en huelga de hambre, amenazándonos con que no iba a comer si no lo dejábamos en libertad, y sí lo cumplió.

Me dieron un bolillo con frijoles y una botella de agua. Comí aquello con desesperación, pero sobre todo tenía mucha sed. En eso consistía mi alimentación una sola vez al día. Me volvieron a amarrar y allí me dejaron quizás unas doce horas. Hubo días enteros en que no probé alimento alguno, ni agua siquiera. La sed y el hambre me estaban matando. Entonces se presentaron otros sujetos diferentes, me daba cuenta de ello por el timbre de sus voces. Encendieron una lámpara,  frente a mi rostro, y me interrogaron durante varias horas.

-¿Cómo te llamas?  ¿En que trabajas? ¿Dónde vives? ¿Por qué participaste en el movimiento del 68? ¿Qué enseñas en esa escuelita? ¿Eres marxista? ¿Has visitado Cuba, la Unión Soviética (antes de la Perestroika) o China? ¿En qué partidos has militado? ¿Quiénes son tus amigos? ¿Formaste parte de la liga o tuviste alguna relación con los guerrilleros Genaro Vázquez o Lucio Cabañas? ¿Por qué has publicado opiniones que nos dañan? ¿Qué tienes en contra nuestra? ¿Qué ganas creándote enemigos más poderosos que tú, un pobre empleadito de un periódico?

Ante mi falta de respuestas que fueran de su completo agrado, no podían dejar de amenazarme:  -Piensa que podemos colocar en tu auto una cantidad de drogas como cocaína o anfetaminas y te vas directamente a la cárcel durante unos treinta años, por delitos contra la salud y delincuencia organizada. ¿Para qué le buscas? Dinos lo que sabes y ya te vas a tu casa muy tranquilo.

Me cuestionaron acerca de todo, poco faltó para que les interesara si me enfermaba de diarrea, gripe u otra enfermedad una o dos veces al año,  durante algo más de  cuatro horas. Pude percatarme de   que estaban grabando mis respuestas por ciertos ruidos con los que estoy familiarizado. Al concluir aquella inquisición, me permitieron pasar al excusado, pues ya con anterioridad me había orinado y defecado en los calzones. Se retiraron  no sin antes dejarme perfectamente atado.

Muy de mañana, fueron por mí y me condujeron a un automóvil, el cual se dirigió por el rumbo de occidente, hacia El Desierto de los Leones, donde hay un vetusto convento que data del siglo XVI. Esto lo supe porque uno de ellos aludió al lugar. Como no les había dicho nada, porque no tenía qué declarar, trataron de obligarme a que “cantara” o señalar lo que se supuestamente sabía, de acuerdo a la jerga policíaca.

Mientras viajábamos por la antigua carretera a Toluca, iban comentando que me iban a fusilar. Esto me puso los nervios de punta, después de estar plagiado durante varios días, todo podía esperarse de estos tipejos de la peor estofa.

Al llegar a un sitio que se suponía el lugar del holocausto, dos pelafustanes muy corpulentos me bajaron, exigiéndome que les dijera los nombres de quienes estaban participando en acciones violentas contra el gobierno. Como yo no sabía nada, ¿qué podía decirles?

-Ni modo, ya que no cooperas, te vamos a tener que matar.

Oí que preparaban sus armas. Me extrañó que no me quitaran la venda de los ojos y esto me tranquilizó hasta cierto punto, pues si me iban a asesinar no les importaría que los viera, pero como no lo iban a hacer, no querían que posteriormente yo pudiera reconocerlos y cobrármela de alguna manera.

Sin más diálogo, el jefe ordenó: -Apunten… disparen… ¡fuego!  Dispararon sus fusiles, pero al aire o quizás con cargas de salva, aunque yo pienso que eran balas de verdad porque sentí que me pasaban zumbando. Las balas se desplazaron a unos diez metros de altura sobre mi cabeza, pero yo las percibí como si rozaran mi cuerpo.

-Esta vez fue al aire, pero la próxima   va en  serio, dinos   de una vez   ¿por qué unos conspiradores contra las instituciones traían unos libros con tu nombre y eran libros comunistas?

-Probablemente fueron amigos, conocidos o ellos se los prestaron a otros, yo no sé nada. ¿Cuántas veces quieren que se los repita? Tal vez yo les presté alguno de esos libros. No estoy enterado. Pero, prestar libros no es ningún delito. A mí no me pueden acusar absolutamente de nada.

Ese mismo día, me condujeron a otro lugar, donde me desnudaron totalmente, no podía protestar, ya que con anterioridad me habían puesto una cinta adhesiva  en la boca. Me tendieron en el suelo, uno de ellos, usando vendas en las manos como los boxeadores, me golpeó en el abdomen varias veces hasta sacarme el aire, trataba de respirar, pero me pusieron una bolsa de polietileno que se me pegó a la cara. Casi me asfixio. Me quitaron la bolsa y la tela adhesiva. Sentí un gran dolor cuando me arrancaron de un tirón algunos pelos de las barbas y los bigotes que se habían fijado a la pegadura de la tela.

-¿No te gustó esto, verdad? Pues ya dinos la verdad de todo: ¿Quiénes son? Dinos sus nombres y te soltamos. ¿De acuerdo? -No sé nada-les contesté. -Bueno, tú te lo buscaste.

Por espacio de tres horas me sentaron en sal con alguna sustancia abrasiva que me quemó los glúteos, las piernas y los testículos. ¡Era un sufrimiento insoportable!

-A ver si así se te caen los güevos y se te afloja el culo.

Me daban ganas de inventarles algunos nombres, pero esto hubiese sido peor. Finalmente, me levantaron de aquel tormento. Yo sé que, conforme a nuestras leyes, está prohibida la tortura, pero hay tantas normas jurídicas que son letra muerta. En esas condiciones me aventaron de nuevo al sitio donde dormía.

A la mañana siguiente, me condujeron una vez más a otro espacio y allí, con las manos esposadas por la espalda y los pies muy bien amarrados, me acostaron boca arriba, un individuo gordo se me subió a la altura del estómago, no podía respirar, para colmo me pusieron un pedazo de franela mojado en la cara, supe que era ese tipo de tela por la textura, muy sofocado y sin nada de aire en los pulmones, uno de ellos me apretó la nariz con los dedos y, al momento de levantarme la franela, abrí la boca para respirar,  y recibí un chorro de agua  y muchos más, hasta quedar prácticamente ahogado. Entonces, me aplicaron la técnica de resucitación que utilizan los salvavidas y, cuando empecé a recuperar la conciencia, alcancé a oír unas voces muy lejanas, huecas, como si estuvieran hablando adentro de un bote, dijeron:

-Ya se nos murió este cabrón. ¿Ahora, qué vamos a hacer?

-Nada. No se preocupen… al rato despierta y se acordará de todo lo que no quiere decirnos.

Esa noche, ya no pude dormir de la alteración nerviosa que me habían provocado estos rufianes.

Y no era para menos, en la madrugada me arrastraron no supe a dónde, allí me bajaron los pantalones, bien amarrado, un sujeto me aplicó toques eléctricos en los testículos. Lloré como  si fuera niño. Me sentía tan indefenso ante la brutalidad de aquellos individuos sádicos. El dolor era tan insoportable que casi pierdo el conocimiento

Yo permanecía totalmente ajeno a una serie de acciones realizadas por mis alumnos de la universidad: tomaron camiones, desfilaron con pancartas por diferentes calles, exigiendo mi liberación y, responsabilizando al gobierno de mi integridad física, quemaron una bandera de los EE. UU. de Norteamérica frente a la Embajada de ese país, llevaron a cabo un mitin en El Zócalo, al cual asistieron algunos miles de estudiantes, amigos y conocidos  de grupos políticos y, desde luego, compañeros de la prensa escrita, radiofónica y televisiva. La situación se les estaba complicando y no tuvieron más que dejarme en libertad, pero antes me volvieron a llevar al mismo lugar del fusilamiento. Se repitió la acción simulada, pero esta vez no pude mantenerme en pie. Las quemaduras en la entrepierna me lo impedían. Acostado, me dispararon otra vez muy cerca de los oídos. El estruendo de los balazos me rompió los tímpanos. En seguida, como no podía caminar, me llevaron cargando al interior del convento y un gigantón muy fuerte desde una altura superior a los dos metros me lanzó al piso,  a causa del golpe que recibí se me fracturó un brazo y una luxación en la pierna derecha. Finalmente,  me abandonaron, desmayado, con los ojos vendados y las manos atadas..

Estaba en condiciones sumamente delicadas, cualquier movimiento me producía  dolores intensos como si no tuviera un solo órgano sano. Todo mi cuerpo estaba deshecho. Era una piltrafa humana.

Una vez que me aseguré de que ya se habían ido, intenté sentarme en  el piso, pero no pude. Descansé un rato, yo conocía el lugar, lo había visitado diversas ocasiones. Esperé pacientemente a que llegaran algunos turistas para pedirles auxilio, pero nadie se aparecía en la vieja construcción. Muy débil por no haber comido varios días, deshidratado, el daño psicológico y con el cuerpo maltrecho, permanecí tirado en el piso. Ocasionalmente, un grupo de excursionistas llegó. Les pedí auxilio. Al verme tan lastimado, inmediatamente llamaron por su teléfono celular a la Cruz Roja, llegó una ambulancia y duré internado en un sanatorio poco más de un mes. Alguna vez, pensé en la conveniencia de levantar una denuncia de hechos ante una agencia del ministerio público, pero no tengo la menor confianza en las autoridades. Después supe que me dejaron en libertad debido a que  detuvieron a seis jóvenes guerrilleros y ellos negaron mi participación en sus acciones.

Por esta razón, no me ejecutaron, pero creo que todos los días fusilan a la libertad de expresión en México y en muchos países del mundo. Algunos familiares y amigos me han aconsejado que me retire del periodismo, pero la verdad es que yo no puedo vivir sin ese olor a papel y a tinta, cuando el periódico está recién impreso. Durante más de cincuenta años he seguido la misma línea, conforme a mis convicciones y no tengo la menor intención de renunciar a mi posición ideológica independiente, como debe ser el verdadero periodista, aunque esa honestidad tiene su precio, el más alto: la vida misma.

Sin duda, el que me dejaran en libertad tuvo por objeto enviar un mensaje a todos los informadores y periodistas, era una clara advertencia para acabar con la prensa libre, que no cede a la corrupción ni se presta a componendas que tanto han dañado al país.

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