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Morelia, Michoacán a 22 de agosto de 2017
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Por favor no renuncies

7 de julio, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle

 

Estamos en tiempos en los que se ha esparcido la idea de que no hay nada mejor que ver por uno mismo, es común escuchar que es imposible crear comunidad si el egoísmo no ha sido saciado por completo, que vale la pena terminar todo plan de crecimiento profesional antes de hacer familia, en los que se reconoce como exitoso al acumulador de dinero sin poner en consideración su trayectoria como persona, su impacto en la naturaleza ni el beneficio o perjuicio que le genera a la sociedad. Esta manera de vivir es fácilmente aceptada y entendible en una clase media que conoce todos los días de dificultades. Mientras pagas la mensualidad del coche, tienes que estirar la quincena para reparar el cristalazo y el estéreo que te fue robado en la banqueta de la casa; llegas al súper y te das cuenta que, aunque tu sueldo es el mismo, los pañales y la leche en polvo subieron de precio; vas al mercado y entiendes la nota del periódico que explicaba el alza en la canasta básica.

En el trabajo hay que cuidarse de los compañeros que quieren tu puesto, en la calle de los asaltos, al estar de paseo que no te vean la cara con los precios y entre amigos que no te pidan prestado ni se pasen de confianza. Todas estas razones parecen suficientes para reconocer que vivimos en una jungla y que el sistema está tan podrido que no te permite hacer algo distinto que sobrevivir.

Son las penas diarias y el agobio de no ver la salida lo que justifica el egoísmo que crece hasta el grado de impedirnos poner atención en lo verdaderamente importante.

Hace menos de una semana, mientras saludaba a una paramédico, escuché de su radio la solicitud de una ambulancia para trasladar a una menor de 10 años de edad que intentó suicidarse en su casa; la reportaron grave y todos los protocolos de reacción funcionaron a la perfección, inició el traslado. ¿Qué estaba haciendo yo a los 10 años? ¿Por qué me tocó jugar futbol con mi papá y abrazar a mi mamá en vez de que cruzara por mi mente suicidarme? ¿Qué faltaba en la vida de esa niña para que el brillo de la niñez se apagara con los pensamientos de un adulto desesperado?

En vez de respuesta recibí una historia aún peor.

Este caso, sin estar necesariamente relacionado, era igual que otros 10 de la semana anterior, en los que menores de edad de una escuela al norponiente de Morelia decidieron establecerse retos que culminaban con el suicidio, “algunos días tuvimos dos, otros una” me dijo quien dedica su vida a salvar la de los demás.

Justo cuando había publicado que los adultos, por vivir aparentando lo que no somos, por codiciar y atesorar, terminamos en la infelicidad y la desdicha, aprendí que esa no era la consecuencia última, que nuestros actos, el ejercicio de nuestros valores y nuestro ejemplo, arrastran a los niños hasta la misma muerte o los ponen a salvo por medio del amor.

El primer juicio es que los papás las descuidaron, imaginar las presiones económicas, los pleitos matrimoniales y la influencia de malas amistades; pero esta historia nos excluye a quienes no las conocimos y también somos responsables. Si un niño no tiene un ambiente de amor en su casa, hagamos que lo experimente al cruzar la calle cuando con amabilidad le cedamos el paso, permitámosle aprender que no toda la gente es mala al regresarle el juguete que dejó olvidado, démosle cariño con una sonrisa y un buenos días al entrar a nuestro negocio o casa, permitámosle experimentar que es importante preguntándole por sus amigas y sus sueños, estemos al pendiente de sus dificultades al escuchar con atención sobre cómo le va en la escuela, demostrémosle que los conflictos se pueden resolver sin violencia y que no hay nada que no se resuelva enfrentándolo con paz y confianza en uno mismo, no porque sea uno el centro del universo, sino porque es un engrane muy importante de la maquinaria social.

Hace tres años Rosalba, una maestra en Huetamo, me decía que de ella no era la responsabilidad de educar a los niños a quienes ni sus papás educan, que ella sólo debe cumplir su labor y enseñarles. Esta situación que hoy sucede en una escuela, pero podría pasar en la que cada uno de nuestros hijos, sobrinos o nietos asisten, me hace pedirles a los lectores lo mismo que a Rosalba:

Por favor no renuncies, si sus papás ya se dieron por vencidos y no le educan con amor y valores, por favor hazlo tú; porque si tú que tienes esa última oportunidad de incidir positivamente en su vida, no lo haces, seguramente alguien con ganas de abusar o causarle hasta la muerte, lo hará.

 

juanpablo@riosyvalles.org

facebook.com/jpriosyvalles

@jpriosyvalles

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